The irishman

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Martin Scorsese es uno de esos nombres que, su sola mención, genera expectativas antes de saber porque se le trae a cuenta. Su estilo detrás de la cámara, el vigor que imbuye en la mesa de edición, su dinamismo en las secuencias de acción, y su pausada deferencia al presentar y juzgar las acciones de sus personajes, son sellos indistinguibles de su filmografía.

Si bien las temáticas retratadas en los filmes son variadas, estos suelen mostrar las facetas más bajas y viciosas de la humanidad, propias de hombres pícaros de bajas pasiones y altos vuelos que no dudan en caer en actitudes y hechos casi gansteriles para lograr sus volver realidad sus sueños.

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Ese sustantivo vuelto adjetivo, gansteril, es aquel con el que su cine suele asociarse en discusiones públicas. Ello tal vez se deba al peso que cintas como Mean Streets (1973), Goodfellas (1973), Casino (1995) o Gangs of New York (2001), por mencionar algunas, tienen en las carteleras especializadas y comerciales como hitos de los alcances cinematográficos del director originario de Nueva York, EE. UU.

Por ello, el anuncio de The Irishman (2019), la más reciente y esperada cinta del realizador italoamericano, apuntaba para abundar y  actualizar los tropos scorsesianos, más al ser una película basada en la vida de Frank Sheeran, miembro de la familia Bufalino, y que en la ficción es interpretado por un Robert De Niro en su mejor forma en años, quien se acompaña por un cuadro de honor de habitués de Scorsese: Joe Pesci (a la vez lejos de las maneras de su inmortal Tommy DeVito en Goodfellas, pero cerca de la misma vena peligrosa), Harvey Keitel (una presencia apenas sugerida pero tan o más amenazante que la del proxeneta Matthew Higgins, encarnado por él en esa la gran cumbre de Scorsese que fue Taxi Driver de 1976), y la adición de un Al Pacino en un plan tan grande como la sorpresa de verlo regresar a los niveles de explosión dramática que lo hicieron merecedor de loas por propios y extraños.

Aún con todo, y aprovechando las extensas tres horas de duración del largo largometraje, Scorsese aprovecha la oportunidad para hacer una suerte de historia alterna de sus historias mafiosas, dando paso a reflexiones sobre el tiempo y los factores que orillan, y en los que culminan, las decisiones que toma una persona al momento de entrar en contacto con las familias delictivas, en este caso el ya mencionado Frank Sheeran, hombre maduro cuando entra a las filas de la familia Bufalino, y que ya está acostumbrado al orden y violencia casi militar que rigen las filas del hampa de origen ítalo.

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La experiencia de su curtido equipo permite que la historia de Sheeran como elemento criminal tenga cierta distancia, al menos en los motivos, con los jóvenes y ambiciosos hombres determinados y fanfarrones que solía presentar el realizador neoyorkino, a la vez que le permite extenderse en una reflexión sobre el tiempo como un criminal que sí que paga, y sin admitir concesiones.

Este tono meditabundo se da no tanto por los protagonistas y sus orígenes (los cuales siguen siendo tomados con la misma quirúrgica humanidad falta de admiración con que Scorsese suele abordarlos a lo largo de sus trabajo), sino en una edición sosegada que trabaja en conjunto con Thelma Schoonmaker (otra colaboradora sempiterna), y en la fotografía de Rodrigo Prieto, la cual aporta los tonos necesarios para que la coloración y la iluminación jueguen su parte dentro de los hechos presentados y su espacio en el tiempo, sea pasado o presente; como si lo aprendido en Silencio (2016) se pusiera como filtro para depurar la narrativa y artificios acostumbrados por el director.

Todo lo anterior ensambla un trabajo sólido y bien estructurado que, si bien parece quedar corto para llegar al nivel de las mejores obras de Scorsese, permite mostrar que tanto él como su equipo aún tienen el pulso y la fuerza necesaria para seguir brindando obras de gran valor artístico y comercial.

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