Spencer

Spencer

FICHA TÉCNICA:

Dirección: Pablo Larraín

Producción: Juan de Dios Larraín, Jonas Dornbach, Paul Webster, Pablo Larraín, Janine Jackowski, Maren Ade

Guion: Steven Knight

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Claire Mathon

Montaje: Sebastián Sepúlveda1​

Protagonistas: Kristen Stewart, Timothy Spall, Jack Farthing, Sean Harris, Sally Hawkins

Duración: 111 minutos

SINOPSIS:

Durante sus vacaciones de Navidad con la familia real en la finca de Sandringham, Diana decide que su matrimonio con el príncipe Carlos no funciona y que debe desviarse del camino marcado.

OPINIÓN:

Es muy probable que una de las personas más comentadas y fotografiadas, antes del auge de internet y las cámaras portátiles, haya sido Diana, princesa de Gales, esposa y madre de probables reyes, e ícono de la moda y las causas altruistas. Su presencia en los medios y las conversaciones de propios y ajenos se debía a una forma más informal y cercana de trato para con sus súbditos y allegados, alejada de las rígidas y arcaicas convenciones de la Corona Real Inglesa y que, por contraste, la hacía parecer más cercana al promedio de la población.

Este conjunto de características hace que un retrato fiel de Diana Spencer, la persona detrás de los títulos reales, sea difícil de lograr, ya que es a la vez venerada y vilipendiada en la medida que hay diferentes versiones de ella, toda vez que cada uno, en la medida del interés y del afecto que le prodigue a su recuerdo, tiene una versión personalísima de ella. Tal vez esta sea la razón por la cual Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976) haya optado por presentar en Spencer un relato fabulado (una suerte de Rey Cuervo a la inversa, donde la heroína debe sobrellevar la ordalía de la etiqueta real en lugar de la del trabajo manual) de una persona y su estado anímico en un momento en el que la presión de su prestigio y estatus comenzaban a cebarse con mayor profundidad en su cuerpo y en sus relaciones.

Larraín arroja a su Diana a un ambiente que tiene poco que ver con el sofisticado de las revistas del corazón y de moda, y cuya hostilidad es menos incisiva pero más densa que la de un tabloide. Esto lo logra nutriendo su narración de elementos tomados de los géneros de terror y suspenso. Hay pasajes que parece remiten a The others (Alejandro Amenábar, 2001) en la presencia de una niebla que a duras penas permite el paso de luz, a la vez que enreda e impide cualquier intento de huida; y a The shining (Stanley Kubrick, 1980) en una escena que por sus colores y entorno parece recrear uno de los momentos icónicos de la imaginación kubirckiana.

A su vez ambos trabajos comparten el abordaje claustrofóbico y acechante (similar a la obra del pintor alemán Caspar David Friedrich) de espacios en apariencia inmensos en los que enmarcan a sus personajes, en los cuales el espacio y el tiempo parece coagularse por el peso de las eras y las personas que estuvieron antes. Si en Jackie, la película de Larraín más cercana a Spencer, la protagonista habla de la potencia que evoca el pensar en los espíritus presidentes que han morado la Casa Blanca, en Spencer Diana se mortifica al pensar que el polvo que flota a su alrededor está compuesto por los detritus de las epidermis de los nobles (particularmente Ana Bolena, de quien Diana señala descender y cuyo destino teme replicar) que antes transitaron las mismas estancias.

Si bien podría parecer que Spencer sigue una estructura clásica, Larraín atraviesa su historia con cortes en el tiempo y en la continuidad de las acciones que buscan no sólo recrear la confusión y los debilitamientos mental y físico de la princesa, sino hacer participes a los espectadores de la condición de despojo a quien casi nadie, en particular su esposo, parecen conceder la mínima consideración (la escena en la que él saca el tema del aspecto físico de Diana puede ser todo lo elegante que se quiera dada el ambiente y el cuidado con el que elige las palabras y el tono, pero para nada es principesca), y cuyos escasos confidentes no hallan como salir de los límites que su condición les impone (la forma en que el chef a cargo de los banquetes de Navidad hace propia la lucha por el peso y la salud de la princesa son un ejemplo de buenas intenciones mal encaminadas).

Este tratamiento, compaginado con la música compuesta por Jonny Greenwod, que a la par que recuerda la naturaleza fútil y cíclica de los límites que Diana pretendía imponer sobre su espacio personal también se mantiene agobiante y dislocado; más una duración de casi dos horas, hacen que Spencer pueda repeler a quienes van en busca de algo más cercano a los intríngulis bien logrados de The Crown (Peter Morgan, 2016 a la fecha) y que en cambio encuentren un ejercicio que, a la vez que requiere la suspensión del juicio, exige atención y empatía hacia una persona cuyo drama (recreado no sin dejos de su propia historia por una Kristen Stewart que muestra unas dotes dramáticas que habían pasado desapercibidas en sus apariciones más comerciales) fue propiciado a partes iguales por su entorno directo y por aquellos que, con o sin dolo, buscaban obtener un poco la libertad y la felicidad de las que Diana parecía gozar.

Calificación: 5.7/7 maharkyestrellas