Rocketman

ROCKETMAN

Taron Egerton in Rocketman (2019)

En la escena de apertura de Rocketman (Dexter Fletcher, 2019) una puerta se abre y da paso a una fuente de luz poderosa que enmarca a una silueta alada, la cual poco a poco define mejor sus contornos y detalles para mostrar a Elton John (Taron Egerton), ataviado con uno de sus conocidos extravagantes atuendos de diva operística pop (una mezcla de diablo y defines, como presagiando el devenir de la historia) , quien se acerca con paso enérgico y decidido hacia el frente de la pantalla, hacia la audiencia, mientras la luz inicial lo sigue iluminando como la estrella musical que es.

¿A dónde se dirige Elton John? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Por qué ese andar que parece transmitir rabia contenida en busca de alguien, algo, que permita darle salida y catarsis? Estas preguntas, planteadas desde la apreciación subjetiva, parecen ser las que conformaron el método elegido para abordar la etapa de la vida de John que se cubre en Rocketman, una etapa de ascenso propio de la propulsión a chorro de un cohete, pero marcada también por un drama personal que ni todos los excesos del mundo podían paliar, como si el ser de John fuera un Humpty Dumpty del rock.

Si esas son las preguntas guías para la conformación de la narración, la presentación y el desarrollo de personajes, lo que resta por resolver es cómo filmar la vida excesiva de alguien que en compañía de su socio y amigo Bernard Taupin (Jamie Bell) creó una joya de delicada ternura como Your song, mientras era capaz de encender y poner a levitar al público con Crocodile rock. La respuesta, una de las respuestas, se da justo en la levitación, la cual toma proporciones de onirismo palpable en la escena que muestra el concierto de John en el legendario club Troubadour, el cual lo catapultó a la zona de ignición estelar.

Taron Egerton in Rocketman (2019)

Este, tal vez el acto mejor logrado y construido en torno a como la música mueve a una persona y le otorga a la vez un escape y una forma individual de ordenar el mundo (¿quién no ha dicho que siente escalofríos, o la piel china, como lugar común siempre a la mano al describir el cúmulo de sensaciones y pensamientos que dispara la escucha de una canción favorita?), no se halla solo en la duración de la película, pues es uno de los tantos trucos de edición, transición y efectos visuales que Fletcher utiliza para capturar la visión personalísima de John.

Además de la prestidigitación visual está la forma obvia de homenaje y reinterpretación del musical como forma narrativa, el cual que haya una excusa perfecta en la vida de John para regresar a las pantallas, pues parece que no existe forma más apropiada para retratar y condensar las extremos volcánicos que han caracterizado buena parte de la vida del cantautor inglés.

Sin embargo, justo ese atasque a quemarropa musical y visual, que tiene sentido narrativo, puede resultar inconexo o falto de refinamiento para muchas personas, debido no sólo a que el musical como género no cuenta con gran aprobación hoy en día, sino porque su administración se siente irregular. Por momentos (sobre todo al comienzo cuando John aún es el niño/adolescente Reginald Dwight) es parte importante de la historia, y parece que será la forma en la que será contado todo. Pero, conforme avanza la trama, se cambia el registro por uno más “común”, el cual se interrumpe casi sin previo aviso (a menos que se preste atención a la forma en que Egerton reacciona cuando las transiciones estilísticas inician y terminan, lo cual da una pista de qué acaba de ocurrir) para un regreso a la voz cantada.

No obstante, es digno de señalar y encomiar el riesgo que Fletcher corrió al momento de afrontar una historia poco convencional de una forma equivalente a nivel cinematográfico, sin guardarse formas y temas.. En esta se puede notar el apoyo que Matthew Vaughn brindó, como amigo y productor, en el desarrollo del filme. La mano de Vaughn, ya sea inteniconal o no, se nota cuando se recuerda la coreografía de cabezas explotando en medio de nubes de gas colorido, en lugar de sangre, que Vaughn pone en el clímax de Kingsman: the secret service (2014) para ver que las ideas ya estaban sembradas y sólo faltaba el catalizador idóneo para desarrollarse en todo su esplendor.

El trabajo actoral de todos los participantes, tanto los de Egerton y Bell como los de Bryce Dallas Howard y Richard Madden como antagonistas (uno más que la otra), alcanza una alquimia fenomenal que permite ver y empatizar con un John que, lejos de los excesos y los lujos de los que se rodeó, tan solo buscaba ser amado, sin conseguirlo satisfactoriamente. A la vez, esto ayuda a observar como John veía en cada acto, por mínimo que fuera, de amor propio y autoindulgencia de sus allegados (sobre todo en el caso de Taupin, o la secuencia en que decide confrontar sus decisiones de vida con sus padres, donde elementos en apariencia mínimos planteados con anteiroridad cobran todo su significado) un nivel de traición significativa ante los ojos de un hombre que nunca dejó de ser un niño prodigio capaz de encontrar el ritmo y la melodía para cualquier composición, menos para la de su vida emocional.

Sin llegar a ser una maravilla redonda, Rocketman entretiene una vez que se aceptan sus reglas un tanto difusas, y es a la vez un riesgo estilístico interesante que, a pesar de sacrificar la consolidación de un ritmo narrativo por un discruso propio, establecer nuevas formas para el abordaje del subgénero de las biopics musicales el cual, una vez que se revisan la mayoría de las propuestas modernas habidas hasta la fecha, parece haber llegado a una pausa creativa.

En ese sentido Fletcher logra lo que en su momento Taupin y John lograron con Rocketman, una canción basada en el relato de Ray Bradbury El hombre del cohete (contenido en el clásico de 1951 El hombre ilustrado) acerca de lo «trivial» que es viajar el espacio. Hacer banal lo fantástico, sin perder la grandiosidad inherente al acto «minimizado», es una labor que sólo genios de la talla de Bradbury, Taupin y john pueden lograr. Puede que Fletcher se quede corto al compararlo con esos grandes, pero demuestra que talento y visión no le faltan.