MUCHO MUCHO AMOR

Cada que se anuncia un nuevo contenido original de Netflix este suele recibirse con cierto escepticismo, ya que en muchas ocasiones el resultado final dista de las expectativas generadas por el avance o los artículos promocionales. Esto tal vez tenga que ver con la idea del público por el que la empresa apuesta, o por mera mala suerte sostenida. Como sea, las producciones originales de Netflix para Latinoamérica suelen tener un halo cutre, al menos en series y películas.

Sin embargo, en el ámbito del documental, o del reportaje documental de largo aliento, parece que esa noción de baratija cara se acomoda mejor tanto en su catálogo general como dentro de una sociedad mal que bien acostumbrada al cotilleo de la farándula televisiva, infundado o no, de las horas de la comida y sus postremerías.

Un ejemplo de esta cruza inintencionada entre lo menos peor que puede ofrecer el poder de una trasnacional y el nivel de una producción cubanoamericana de Telemundo o Univisión es Mucho mucho amor (Cristina Costantini y Kareem Tabsch, 2020), el cual explora el lado famoso de la vida de Walter Mercado, colaborador involuntario de la senda del porte churrigueresco y barullo de Liberace y Juan Gabriel, pero en esotérico.

Con un pie en el mito autocreado y otro en los aportes de una marabunta de seguidores (algunos más agradecidos y agraciados, en tanto que capaces del relato jocoso efectivo y bien ejecutado) que van de Lin-Manuel Miranda a Eugenio Derbez, pasando por una multitud de hosts televisivos y entrevistadores de la más diversa ralea, el filme funciona por la compacta eficacia de su desarrollo, el cual centra la mayor parte de su argumento en los momentos centrales del auge y caída (con la obvísima redención tan querida por el público hispanoamericano) del augur.

Sin dejar de lado los apuntes iniciales e indispensables de siempre, a los cuales les decía los minutos necesarios para despacharlos como retazo y pasar a la carne de los hechos, la historia toma mayor fuerza en el momento en el que Mercado empieza a dotarse de las tablas de su arte, vía el conocimiento y la práctica de la actuación, para eventualmente (en un giro del destino propio de alguien que hará su fama y fortuna de coquetearle y arrancarle sus secretos al hado), entrar de forma modesta al negocio que le dará las estrellas y el estrellato.

Es aquí donde el Mercado conocido por personas de diversas generaciones y estratos toma forma: el andrógino espiritual que usa la extravagancia y el eclecticismo religioso para transmitir un mensaje apuntalado en la esperanza y la bondad, a la par que defiende su identidad con un donaire y una elegancia haute couture que nunca dejan de lado su prédica de gurú new age. Todo esto llevado en capítulos que juegan a un tarot de revelación retrospectiva, muy adecuado para dar mayores connotaciones de hermetismo pop a una historia que crea su propia dinámica cuasi fantástica.

De esta forma, se establece un periplo que tiende a un final casi en el opuesto del esperado para su tamaño de mega astro, al estar más cercano de la fría contracción que de la explosión de supernova (sin que esto demerite la efusividad del mismo), que detalla una personalidad excedida de los tópicos asociados a alguien que, como Mercado, hacía de la singularidad otra piel y una herramienta multiusos más: las cirugías, los miles y dudosos remedios contra la edad, las repisas y mesas atestadas de lo más diversos materiles, etc., es marcada por una confianza excesiva, a veces respondida a veces no, que parte de la otra mitad del mantra (la otra era “mucha paz”) de cierre de sus intervenciones, el cual le da título a la producción: “mucho mucho amor”.

CALIFICACIÓN: 4.7 maharkyestrellas