La vida de Adèle

“El amor, incluso el amor grosero, desenfrenado e indignante, hace más por la moralización de la humanidad pobre que cien mil escuelas dominicales. Limpia a la diminuta alma humana del racimo de mentiras en las que se ha enredado, de las mezquinas presunciones, los engaños, las cobardías y las malas intenciones encubiertas.” Edward Carpenter
-El drama del amor y la muerte Si infancia es destino y si somos lo que consumimos, entonces muchos fuimos preparados inadvertidamente para ser más receptivos a la diversidad sexual. Desde intentos de censura que hacía más por la causa inclusiva que por la conservadora (la relación de Sailor Urano y Sailor Neptuno en Sailor Moon, o los intentos de cambiar la identidad de Águila en Magical Knight Rayearth, por poner algunos ejemplos ), hasta éxitos pop propiciados por la movida española, la variedad en las dinámicas y orientaciones sexuales fue dándose por aproximaciones sucesivas, las cuales poco a poco comenzaron a tomar sentido y forma conforme el mito de la infancia inocente daba paso a adolescencias y juventudes en constantes cuestionamientos.

Mucha de esta labor encubierta se debe a la forma en que las historias se planteaban. Fuera por las vistosas coreografías y animaciones de las producciones japonesas, o por la forma en que las canciones sugerían en modo y contenido otro tipo de pasiones y sensibilidades en plena radio comercial, lo cierto es que las semillas ya estaban ahí, sólo necesitaban los momentos y detonantes adecuados.
Un caso particular para quien esto escribe es Mujer contra mujer, tercer sencillo del disco Descanso dominical del trío pop español Mecano, en la cual el texto señala una confrontación entre mujeres que deciden hacer lo que sea entre ellas, sin importarles la opinión del mundo. No es sino hasta muchos años después cuando las partes ocupan sus lugares adecuados y el subtexto apunta hacia un amor o a escondidas o “inpropio”, que será defendido con, sin y a pesar de la aprobación del mundo.

Algo así pasa con Adèle (Adèle Exarchopoulos), joven protagonista de La vie d’Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), quien al inicio de la cinta cursa el equivalente del bachillerato francés, y se halla explorando su lugar y su sentido en el mundo (lo cual se puede intuir toda vez que en su clase de literatura están trabajando La vie de Marianne, novela inconclusa de enredos del escritor Pierre de Marivaux, en la cual la protagonista atraviesa diversas etapas e identidades mientras busca concretar su relación), mismos que se anclan una vez que conoce a Emma (Leá Seydoux), fuego fatuo que poco a poco la abra(s/z)ará, dándole cuerpo y estructura a la narración.
No obstante, lejos de centrarse en el amor como punto de conexión entre seres que lo han atravesado y que por los mismo deberían dejar de lado sus prejuicios, en esta ocasión la intención es centrarse en la pena por el amor perdido, en especial en la penúltima escena del filme. Así que vale la pena advertir sobre posibles adelantos.

¿Cómo se puede conciliar a partir del dolor por el fracaso amoroso? Una posible salida es apelar al fallo dentro del fallo. “Si fallo, existo” señalaba Agustín de Hipona, filósofo escolástico, al comentar como se podía dar cuenta de la realidad del ser. Si bien su postura partía de y hacia la razón para explicar la existencia, la misma puede ser usada para partir hacia el amor y sus relaciones, grandes excluidos de los esquemas filosóficos históricos, siendo tan sólo tratados como meras extravagancias o desatinos desestimables.

Aún así, el amor puede ser también entendido como ese gran fallo, el cisma que pone en jaque la existencia.
Cuestiones como a quién se ama, por qué se le ama y si ese amor es recíproco son más capitales en la vida cotidiana que las elucubraciones intelectuales sobre las razones de ésta, la cual se pone en entredicho al ser invisibles para la mirada del sujeto del amor/deseo o, aun con lo paradójico que es (¿algo no es paradójico y, por tanto, fallido en el hecho amoroso?), al ser contemplados y seleccionados por ese sujeto de entre el mar del anonimato.

Pero, si el amor falla, ¿qué queda?, ¿qué se puede hacer a partir de los despojos? El fallo dentro del fallo lleva, por un lado, a recomponer la vida misma. La Adèle de los últimos minutos de la cinta es otra, o en camino a ser otra, como parece vaticinar el final abierto del filme. No obstante, minutos antes se retuerce en el dolor de una súplica tan terriblemente cargada de deseo como dolorosa, ante una Emma de un estoicismo extático que de las mejores maneras posibles resiste los embates cada vez más candentes y desesperados de Adèle, que cobran mayor crudeza toda vez que estos se desencadenan de bote pronto tras la plática intrascendente de café que los precede.

Es en esa descomposición del amor, en ese fallo al traicionarlo y no poder reponerlo o reconquistarlo (y gemela ruda espiritual de la que experimenta el Elio de Timothée Chalamet en Call me by your name [Luca Gudagnino, 2017], que merece su análisis propio, sobre todo por el discurso consolador que proporciona el padre de Elio), es donde se exige algo más que mente abierta, puesto que el proceso de conmiseración implica reconocerse en otro que puede resultar profundamente ajeno, sobre todo si el acercamiento se da, como en muchos casos con el largometraje francés, desde el morbo.
Todas las piedras que componen la identidad de quien observa se ponen en jaque al momento de comprender que la persona de frente a sus pupilas es justo eso, una persona en pleno derecho al goce, con obligación al sufrimiento, y que son justo esas prebendas no negociables que encarna la condición humana las que deben tomarse en cuenta al momento de emitir un juicio sobre el “valor y la calidad” de quien, sin buscar dañar a terceros, busca su realización personal.

Como comentario final, si antes se mencionó el morbo y la necesidad de algo más que mente abierta, es porque, en justicia, el ¿arriba, abajo? firmante debe declarar que el acercamiento a La vie d’Adèle fue justo por el morbo de la promesa de escenas de sexo explícito; sin embargo, traspasar el umbral de la calentura pseudo adolescente para acceder al ejercicio de reconocimiento pasa por algo más que liberarse de prejuicios hacia afuera, también implica un acto de aceptación y catarsis al redescubrir las deficiencias personales y hacer suyo el padecer del otro.

Simpatizar es de novatos, compadecer es de grandes, empatizar es de expertos.

¿Quién diría que navegar en busca de mórbido cobre puede llevar a descubrir algo más valioso que el oro?

VEREDICTO: 7 Maharky estrellas