El espejo y la ventana

El espejo y la ventana

FICHA TÉCNICA

Año: 2021

Duración: 98 min.

País: México

Director: Diego Gutiérrez

Reparto: Danniel Danniel, Gina Coppe

Guion: Diego Gutiérrez

Productor: Elena Fortes, Daniela Alatorre, Sylvia Ban

Fotografía: Diego Gutiérrez

Edición: Diego Gutiérrez

Sonido: Mark Glynne

SINOPSIS

Dos personas en dos puntos distintos del planeta le piden al cineasta Diego Gutiérrez que los filme: su mejor amigo y su madre. Ambos saben que pronto morirán. Ambos intentan explicarse a sí mismos, las razones, el propósito y el rastro de su paso por el mundo.
La proximidad de la muerte desencadena un viaje. Un viaje a un lugar sin rastro de existencia humana, a un posible vacío de color, sonido, texturas y olores. Un intento para visualizar la nada, tocarla. Mientras escucha a su amigo y a su madre, reflejándose en ellos y siendo parte de este viaje, el cineasta intenta asomarse a aquello que no tiene explicación. ¿Por qué estamos aquí? ¿Vale la pena? ¿Es suficiente?

El espejo y la ventana es una expedición, -¿un exorcismo? ¿Un hechizo?- en preparación para el gran salto al vacío, en un intento de comprender de qué trata la vida

OPINIÓN

Hacia el final de Tokio Blues, libro que le valió la fama internacional al escritor japonés Haruki Murakami, Toru Watanabe, protagonista de la novela, diserta sobre la muerte y su cercanísima relación con la vida. La existencia de una presupone la otra, y es algo que todo ser humano sabe intuitivamente.

Pese a ello, cuando la muerte se anuncia no hay mecanismos que permitan contenerla y asimilarla pronta y amablemente. Como el mismo Watanabe lo señala, saber que vivir y morir son caras de la misma moneda no ayuda en el momento de la pena, y no queda más que afrontarla a como viene, y esperar aprender algo del trance, aunque en el fondo se sepa que en la siguiente ocasión será nuevamente un comienzo desde cero.

En el centro de El espejo y la ventana yacen dos aproximaciones similares a la planteada en la novela y, aunque disímiles, complementarias. Si en la ficción japonesa los cuestionamientos empiezan después de un suceso trágico, en el metraje de Diego Gutiérrez estos se plantean desde antes, cuando su madre y su amigo, en distintas ubicaciones geográficas y por distintas razones, son conscientes de que están próximos a morir, lo cual lleva a una a hacer la criba de recuerdos y experiencias por compartir y atesorar, y a otro a enfrentar el miedo del no-ser, el cual ha estado con él un buen tramo de su vida, aunque nunca lo ha mirado más que de forma oblicua.

Aunque parecería que la situación da para una cinta densa y umbrosa, Gutiérrez logra moldearla de una forma más amigable y, sin minimizar las expresiones y sentires de sus gentes, deja que estas floten en una semi deriva argumental sobre lo que ha implicado estar vivos. No con una mirada retrospectiva de reproche, sino como indagatoria de aquello que les ha configurado hasta ese momento en que la cámara los capta.

Lo anterior es logrado por Gutiérrez con dos herramientas, una más sutil que la segunda. Primero intercala las narraciones con un relato inventado sobre una travesía hacia la Antártida, en las que las peligrosas corrientes que la circundan fungen como símiles del trance por el que sus allegados están atravesando, y la masa del continente helado como espejo de la muerte, la cual es tan terrible y desconocida como los hielos eternos lo son para quienes no han estado ante su presencia.

La segunda es la forma en que el director deja que la cámara capte a sus personajes. Esta forma va de la mano con una costumbre que tiene con su amigo, editor de cine, quien suele enviarle videos desde su celular, con la peculiaridad de ser hechos con planos sin corte, como si buscara con esa técnica sostener el tiempo más allá del tiempo.

Es cierto que Gutiérrez no realizó su cinta en planos secuencia, pero el tiempo que sostiene antes de los cortes, y la forma en que encuadra a sus sujetos, permite que lo filmado quede suspendido en un punto medio entre hecho documentado y recuerdo vertido en un flujo de imágenes.

Conmovedora y estrujante, El espejo y la ventana logra, más que un entendimiento del dolor de quienes en ella participan, que el espectador empatice sin preciosismos ni salidas fáciles, y que acaso saqué en claro algo que, llegado el momento, le permita afrontar con menos angustia el fin de su travesía.

Para más información de esta y otras cintas en competencia, así como fechas y horarios de exhibición, puedes visitar el sitio del festival en https://ficunam.unam.mx

Calificación: 6.5/7 maharkyestrellas