El arte de defenderse

by Alberto Marín on noviembre 7, 2019
Overview
Synopsis

Casey es un contable apocado y enquencle que, después de ser atacado por una pandilla de motociclistas, decide practicar karate con la intención de sentirse menos indefenso.

Features

- Humor
- Violencia
- Diálogos absurdos y entretenidos

Specifications

- Dirección y guion: Riley Stearns
- Música: Heather McIntosh
- Fotografía: Michael Ragen
- Edición: Sarah Beth Shapiro
- Elenco: Jesse Eisenberg, Alessandro Nivola, Imogen Potts

Length

104 min

Positives

- Humor ácido
- Color y fotografía notables
- Música bien artículada

Negatives

- Puede parecer "predecible"

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Veredicto
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Bottom Line

Ácida y entretenida crítica a la idea de masculinidad de hoy en día, así como una divertida actualización al cine de artes marciales.

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EL ARTE DE DEFENDERSE

Al final del 2º episodio de la 3ª temporada de la serie Malcolm in the middle, Malcolm, tras un intento fallido por sabotear la jerarquía establecida por el señor Herkabe, el nuevo encargado de las clases para alumnos sobresalientes, le comenta, una vez lograda su intención, que su error inicial fue tratar de romper las reglas, cuando tan sólo basta con subvertirlas.

Esta lección parece haber sido escuchada por Riley Stearns, director de El arte de defenderse (The art of self defense, 2019), cinta que sigue al treintón Casey Davies, una de las encarnaciones tan aparentemente pusilánimes como verborreicas que suele crear con perfección Jessie Eisenberg, quien desde los primeros minutos deja claro que si de algo carece es, precisamente, de la habilidad, ya no se diga el arte, de defenderse. 

No obstante, dicha falta de habilidades para poder dar la cara cuando se le denigra se ve contrastada con otra serie de rasgos particulares, su meticulosidad y apego a normas a fin de sacar una tarea adelante, sea esta laboral o personal (como se refleja en la secuencia inicial), que señalan como, tal vez, Casey puede ser más de lo que aparenta.

De la misma forma, la película es más de lo que aparenta a simple vista. Si bien tiene elementos, como se han señalado en buena parte de las críticas que ha recibido desde su estreno internacional, que la emparenta con Fight club (1999) de David Fincher en su ojeriza contra la idea de la masculinidad “imperante” o sostenida por sectores reaccionarios, tiene diferencias notables las cuales, lejos de establecer a la cinta de Stearns como la versión del Club para nuevas generaciones, le dan un estilo propio.

En primer lugar, mientras que la historia de Fincher va de una crítica hacia la forma en que la sociedad establece los mecanismos de representación y enajenación que modelan las aspiraciones que los ciudadanos deben tener (todo ello de la mano de la visión de un director conocido por sus inicios en espectaculares videos musicales para músicos pop, además de una puesta en cámara que podría definirse como de autómata voyerista), es decir, desde afuera, en manos de Stearns cambia hacia cómo se establecen y cimentan esos mecanismos desde lo íntimo inmediato, es decir, las relaciones laborales y de camaradería, sobre todo y, casi exclusivamente, entre hombres.

Para ello, Stearns se adentra, como lo hizo Spike Lee en BlacKkKlansman (2018), en un estilo que toma prestados elementos del pasado del cine, para este caso el de artes marciales de Hong Kong, cuya influencia estableció mitos de masculinidad representados por Bruce Lee y Jackie Chan, y desde ellos acercarse para reelaborar la versión karateka occidental de esos mitos, sobre todo la establecida en las dos primeras entregas de The karate kid (1984 y 1986), sin dejar de prestar atención a referentes machos del calibre de Clint Eastwood, Charles Bronson y Harrison Ford al momento de resolver las confrontaciones.

Con lo anterior, Stearns establece una cinta que cuida mucho el estilo a través de la fotografía de Michael Ragen, quien da poca tregua a la insignificancia de Casey y que, cuando se la da, lo entrega a momentos musicales que van de un guiño kubrickiano a los usos de la banda sonora pausada de Heather McIntosh, para dar sentido a escenas de violencia, a los que de plano entran en la agresión auditiva obvia que suele asociarse al género rock del metal en sus variantes más extremas.

Sin embargo, todo lo anterior fluye debajo de una comedia que se cimenta en una suerte de karate verbal que se ejercita no sólo en la forma tan característica que Eisenberg tiene para dar voz a sus personajes, sino en los diversos intercambios que tiene tanto con cierto vendedor de “artículos de defensa personal” como con su entrenador, llamado Sensei, interpretado por un Alessandro Nivola —quien, además de retorcer la sabiduría física y aforística que el señor Miyagi dispensaba en los Karate Kid, despacha sus líneas y tiene una presencia en pantalla que permiten reforzar la idea, planteada por él mismo, de verse reflejado en Casey.

A la vez, tanto las actuaciones como el montaje de Sarah Beth Shapiro permiten elaborar una farsa bastante negra y ácida que se despliega mediante un humor seco o inexpresivo que parece sacado del cine de Jim Jarmusch, el cual tiene la bondad de poder ser absorbido con rapidez por el espectador, permitiendo entonces creer que se sabe lo que viene a continuación, para luego generar una leve subversión de las expectativas, rematando o apuntalando chistes a expensas de la forma en que se pretende que Casey se comporte.

Las expectativas trastocadas se ven también en Anna, papel en el que Imogen Potts aporta tanto su extraña y singular belleza de hada grogui como su actuar en Filth, película en la cual es una mujer defendiendo su lugar en un mundo de hombres con reglas de hombres. Acá, eso se hace notar por las reglas del dojo (las cuales poco a poco tiene más importancia) y el celo con el que las guarda, como en la forma en que da un nuevo aire a la guerrera artemarcialista cuya único “defecto” es, obviamente, el ser mujer en sitios pensados por y para hombres.

Con todo ello, Stearns establece una crítica que, aunque apenas alcanza a esbozar una postura personal sobre la forma en que tal vez se puede llegar a un entendimiento de las supuestas diferencias entre hombres y mujeres (una forma que, pensándolo un poco, remite a Alejandro de Macedonia frente al nudo gordiano), sí permite, por un lado, repasar los asuntos y posturas en los que se plantea y discute los qué y cómo ser un hombre (desde la etnia hasta la orientación sexual) y, por otro, dar cuenta de cómo, a punto de entrar a la segunda década del segundo milenio, aún existen paradigmas y tradiciones que pueden fomentar la inclusión, siempre y cuando se revisen para sacar a la luz todas aquellas estructuras subyacentes que impiden que las costumbres se pongan al día, o se desechen, en virtud de la idea de sociedad que se pretenda erigir.

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